Todo músico que accede o pasa frente al vetusto edificio que se levanta en la confluencia de la calle Rastro y la Calzada de Belascoaín, en el corazón de La Habana, y cuya actividad profesional es el resultado de haber formado parte integrante del ilustre claustro de profesores o bien del alumnado -en algún momento de la historia- del antiguo Conservatorio Municipal de La Habana, hoy Conservatorio Amadeo Roldán, puede hacer volar su pensamiento y traer a la memoria interesantes, apasionantes e interminables anécdotas sobre su estancia académica –en uno u otro caso- en ese histórico centro, gran escuela de la música cubana cuyo centenario acaba de conmemorarse.
El Conservatorio Municipal de La Habana fue la institución de formación académica de la música más prestigiosa y de alto rango profesional hasta el año 1962, en que comienza a compartir esa jerarquía con la entonces fundada Escuela de Música de la Escuela Nacional de Arte (ENA). Jerarquía que mantuvo hasta la creación de la Facultad de Música del Instituto Superior de Arte (ISA), en septiembre de 1976.
La génesis de la aparición en La Habana del Conservatorio Municipal, es el resultado de un rico e interesante proceso de desarrollo de la enseñanza del arte musical en nuestro país.
Es importante recordar que prominentes personalidades de la música cubana en el siglo XIX ejercieron brillantemente su magisterio, entre ellos: Esteban Salas, Juan París y Laureano Fuentes, en Santiago de Cuba, así como en La Habana, Nicolás Ruiz Espadero y José White, A este último le cabe el mérito de haber sido profesor del Conservatorio de París. En tanto, en 1885, Hubert de Blanck funda el conservatorio de su propio nombre. Posteriormente otros músicos crearon conservatorios privados en la capital y en el interior.
Fueron conocidos los de Peyrellade, Orbón, Carnicer, Mauri, Dulce María Serret, Raventós y tros. Algunas instituciones privadas que funcionaron en ese periodo se permearon de superficialidad y mercantilismo, utilizando métodos de poco valor pedagógico y musical. Sin embargo, es de justicia destacar que varios centros mantuvieron una dignidad pedagógica para su época, entre ellos, el conservatorio Bach, bajo la dirección de María Muñoz de Quevedo; la Escuela Normal de Música, dirigida por César Pérez Sentenat, el Instituto Margot Díaz Dorticós; el Conservatorio de la Orquesta Filarmónica, creado por Amadeo Roldán en 1932, con una vida académica efímera, pues funcionó dos años; el Conservatorio del Instituto Édison, y algunas otras instituciones.
El maestro José Ardévol, eminente compositor, profesor y promotor musical de altísimo nivel y trayectoria en la cultura cubana, también ilustre pedagogo que ejerció su magisterio en el Conservatorio Municipal, antes y después del triunfo de la Revolución, escribió lo siguiente sobre este centro, En 1903 se inauguró en La Habana la Academia Municipal de Música, una escuela práctica instrumental para niños de reconocida pobreza, fundada y dirigida por Tomás, quien también dirigía la Banda Municipal, fue, por espacio de casi sesenta años, nuestro único centro oficial de enseñanza de la música.
La academia, como resultado de una importante transformación que tiene efecto en 1935, se convierte en el Conservatorio Municipal de La Habana. Se crean cátedras que, como la Armonía y Composición, y la de Historia de la Música y Estética, dan la medida de un nivel más alto que el que hasta ese momento había tenido. Dirigido por Amadeo Roldán desde 1936 hasta 1938, en que su estado de salud le obliga a dejar el cargo y la enseñanza, la seriedad y amplitud de sus planes de estudio y de los programas de algunas asignaturas, establecía fuerte contraste con la mayoría de los conservatorios privados.
De sus aulas surgió la escuela cubana de composición, formada por discípulos de José Ardévol e inicialmente nucleada en el Grupo de Renovación Musical. Además, se publicó una revista que alcanzó prestigio internacional y , en 1945, se crearon la orquesta( a cargo de Harold Gramatges) y el coro (dirigido por Serafín Pro)...>> En 1963 se crea, dirigida por Manuel Ochoa, la Escuela de Canto Coral la cual produce varios directores jóvenes, entre ellos, Carmen Collado, Digna Guerra y Guido López Gavilán.
Es de todos conocido la importancia de los aportes de muchos profesores eminentes a lo largo de la historia del Conservatorio, además de los anteriormente mencionados se recuerda a maestros ilustres como Isaac Incola, Edgardo Martín, Margot Rojas y otros que harían una relación interminable.
Al inicio del presente trabajo decía que cada uno de nosotros podía relatar anécdotas que el Conservatorio nos trae a la memoria.
Recuerdo que en 1962, por obra y gracia de la Revolución vine para la capital a estudiar becado en la –recién fundad por Fidel-Escuela Nacional de Arte, situada en la otrora enclave de los ricos magnates de la alta burguesía, Reparto Country Club de La Habana, hoy Cubanacán.Un lugar que a sazón y aún actualmente nos asombra por su esplendor y belleza paradisíaca. Aquella nueva Escuela de Música, bajo la dirección de los maestros Nilo Rodríguez y Carmen Valdés –un dúo de música, no a la manera de los populares dúos de intérpretes, pero por la envergadura y gran importancia de la obra que realizaron le causarían tremenda envidia a los famosos artistas de ese formato vocal. Nilo y Carmen fueron uno magníficos impulsores del talento de la ENA, y algunos de aquellos alumnos fuimos favorecidos en la enseñanza de la Composición. Esos pedagogos trajeron a la Escuela al eminente profesor de origen norteamericano Frederich Smith, un excelente compositor y pedagogo extraordinario que llegó a Cuba procedente de México. Con él crearon la Cátedra de Composición, entre cuyos discípulos nos encontrábamos en aquella época, el joven compositor Carlos Malcom y el autor del presente trabajo.
Recuerdo que un día Smith con su honestidad y humildad características, más como un padre con su hijo, que como un profesor con su alumno me dijo: <<Ya yo a usted le enseñé todo lo que sé, ahora debe ir con Leo Brouwer que está más actualizado que yo>>. Le respondí: <<Profesor, pero como haría, pues solo conozco a Leo de verlo y admirarlo en los recitales de guitarra y en los conciertos de su música, no de tratarlo en lo personal>>. –Me contestó:<<Yo soy amigo de Leo y me encargo de ese asunto>>. Fue así que llegué una tarde del año 1966 a la clase de Composición del maestro Leo Brouwer, en el conservatorio Amadeo Roldán. Allí conocí de cerca, no solo al guitarrista virtuoso y al gran compositor, sino también al excelente pedagogo de Composición. Esta circunstancia excepcional me ofreció la oportunidad de compartir, como discípulo en el aula, con los entonces jóvenes compositores Calixto Álvarez y Héctor Angulo. Fue esa mi entrada como alumno al Templo de la enseñanza de la música en esa época-todavía la ENA no había realizado su primera graduación-. Anteriormente solo había acudido allí a los conciertos de la coral de Ochoa, a los recitales de piano de Luis Gonzáles Rojas y a otros conciertos de profesores y alumnos del centro.
Paralelamente con la celebración en Cuba de la conferencia Tricontinental de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina, se estaba preparando un gran concierto en la Escuela de Formación de Maestros, ubicada en Topes de Collantes, en el corazón de la Sierra del Escambray, antigua provincia de Las Villas. El concierto consistía en la presentación de la Cantata a Manuel Ascunce Domenech, del compositor Nilo Rodríguez –Director de la Escuela de Música- con texto de Adigio Benítez, profesor de la Escuela de Artes Plásticas.
Por encargo del ministerio de Educación se llevó a cabo el montaje de esa obra tan monumental, en el anfiteatro de montaña del mismo Topes de Collantes, lugar donde iba ser estrenada.
Esa compleja empresa fue encomendada a la orquesta integrada por alumnos de la ENA y el coro integrado por alumnos de la Escuela de Formación de Maestros, bajo la dirección técnico- musical de los profesores de la ENA, y como solistas tres cantantes líricos:
Georgia Guerra, Pedro Rodríguez y Ramón Santana. Sin embargo, para poderla realizar hizo falta reforzar el montaje en los ensayos con profesores del Conservatorio Amadeo Roldán, los cuales se incorporaron con gran entusiasmo a orientar y entrenar a los alumnos, fundamentalmente del coro.
Como estudiante y flautista de la orquesta, a mi memoria acuden los nombres de Digna Guerra, Carmen Collado, Frank Fernández, Teresita Junco, Guido López Gavilán y Ninovsca Fernández –Brito, quienes subieron aquellas montañas a trabajar con la ENA y poner en alto el prestigio del Conservatorio Amadeo Roldán, en una tarea conjunta. Fue una magnífica ocasión para conocer de cerca la profesionalidad y el sentido humanista y revolucionario de la gente del Conservatorio y al mismo tiempo forjar una hermandad de colaboración entre ambos centros. El estreno de la obra fue todo un éxito y se vio recompensado con la presencia estimulante de Fidel y de muchas personalidades e importantes combatientes del Tercer Mundo que asistieron a la Tricontinental y estaban de visita por el Escambray.
Sin embargo, el destino me deparaba aún otras sorpresas. Me fui a Polonia a estudiar Composición en la Academia de Música <Fryderyk Chopin>, en Varsovia, gracias a las facilidades del Gobierno Revolucionario y a la benevolencia extraordinaria de las profesoras Carmen Valdés y María Antonieta Henríquez, las cuales me apoyaron en ese empeño. En Europa me siguieron los efluvios egregios del Conservatorio. Allá encontré a varios egresados del < Amadeo> que cursaban estudios superiores: Hilda Melis, Nancy Casanova, Jorge Luis Herrero, en la especialidad de Piano y Calixto Álvarez, en la de Composición.
A mi regreso de Polonia, en 1973, graduado de Master de Arte en Composición, fui ubicado como Subdirector del Conservatorio, cuyo Director en esa época – y del cual aprendí mucho sobre las habilidades y vicisitudes de un dirigente docente- era el maestro Eduardo Ramos Saavedra, recientemente fallecido.
Durante esta segunda época de mi estancia personal en el Conservatorio, tuve la oportunidad de compartir profesionalmente con maestros inolvidables: Georgina , profesora de Teoría de la Música, Manuel Suárez, de Piano y Órgano – de paso recuerdo a dos de sus brillantes alumnos en el período, Roberto Chorens y Luis Barreras-, Carmen Collado, Digna Guerra y Teresa Pentón, Dirección Coral y Coro, Eduardo Ramos Saavedra, Práctica Orquestal; Nidia Fournier, Apreciación Musical; Terecita Junco, César López y Frank Fernández , Piano; Mercedes Aróstegui, Miriam Villa y Delfina Acay <Fifi>, Solfeo; Fernando Bencomo, Trompa; Juan Jorge Junco y Roberto Sánchez, Clarinete; Manuel Dúchense Morillas, Flauta; Corrales, Fagot; Domingo y Luis Aragú, Percusión; y Guerrero (hijo), Tamara Martín, Magali Ruiz, María Luisa, Victoria Eli, Roberto Concepción y otros, que no me vienen ahora a la memoria y de los cuales recibí siempre comprensión, cariño, apoyo, colaboración y hermandad, y sobre todo, lo mucho que aprendí de ellos en el intercambio de ideas y en el fragor de la actividad docente-educativa.
Una historia tan rica como la del Conservatorio Amadeo Roldán, no puede expresarse en tan corto espacio. Solo debo aún destacar, que esa Escuela ha marcado un hito imborrable en el acontecer de un siglo completo en la enseñanza de la música en Cuba y en la práctica musical de compositores, intérpretes, teóricos y pedagogos musicales que han engrandecido y colocan hoy día nuestra música en las costumbres más altas de la cultura cubana, latinoamericana y universal.
Nos regocija la presencia permanente de profesores experimentados, nuevos y viejos, que continúan transmitiendo sus conocimientos en ese centro y elevando el nivel y prestigio de nuestra música en los ámbitos nacionales e internacionales.
Sirva este modesto trabajo como un homenaje a todos los que de una u otra manera - profesores, alumnos, dirigentes docentes, técnicos y trabajadores en general- han contribuido durante un siglo de oro a sostener y enaltecer la enseñanza de la música en Cuba, a partir del centro insignia el Conservatorio Municipal de La Habana o Conservatorio Amadeo Roldán.
Como reza en el texto del Gaudeamus, himno universal del ambiente académico, en esta ocasión merece la pena expresar:
VIVAT ACADEMIA, VIVAT PROFESORES. JUVENES CUM SUMUS.
Citas
1) José Ardévol. Introducción a Cuba: La Música.Páginas 189 y 190. Instituto Cubano del Libro, La Habana,1969.
2) Ibidem, página 191.



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